Medalla de la Paz de Marruecos

  • España
  • Conflicto: Campaña de Marruecos 1909-1927
  • Antigüedad: 91 años
  • Instauración: Real Decreto de 21 de noviembre de 1927
  • Forma: Óvalo enmarcado por dos ramas de laurel descendentes, sobre el que hay con paloma con rama de olivo en el pico y, sobre ella, una corona real articulada.
  • Anverso: En relieve un sol naciente que proyecta sus rayos sobre un poblado marroquí con las cifras 1909-1927. En la parte superior, la palabra PAZ y en la inferior, una luna creciente con la inscripción MARRUECOS.
  • Reverso: Ocupando toda la superficie el texto, en 13 líneas, ESPAÑA, SIEMPRE DISPUESTA A TODA EMPRESA DE CIVILIZACIÓN UNIVERSAL, CONTRIBUYÓ A LA DE MARRUECOS CON LA SANGRE PRECIADA DE SUS HIJOS Y CON EL ORO DE SUS ARCAS. EL TRIUNFO DE SUS ARMAS Y LA CULTURA DE SUS MÉTODOS SON LOS CIMIENTOS DE ESTA GRAN OBRA DE HUMANIDAD.
  • Cinta: con una estrella de David
  • Peso: 21 g
  • Tamaño: 32,4 x 59,5 mm (sin cinta)
  • Grosor: 2,7 mm
  • Material: Metal

Creada en categoría única de plata (hierro acerado), fue concedida para conmemorar la finalización de las acciones militares en la zona asignada en el Norte del Protectorado de España en Marruecos (1909-1927). Para España la Campaña de Marruecos fue una empresa civilizadora que emanaba de los compromisos adquiridos por los tratados internacionales.
Tendrían derecho a solicitar esta medalla para sí y sus inmediatos descendientes, todos los Generales, Jefes, Oficiales, Caídes y Tropa del Ejército, de la Armada y de las fuerzas auxiliares indígenas que hubiesen tomado parte en operaciones realizadas en Marruecos, en cualquiera de los periodos comprendidos entre el 9 de julio de 1909 (comienzo de la campaña) y el 12 de octubre de 1927, fecha de celebración de la Fiesta de la Paz. También los padres, hermanos o viudas de los miembros del Ejército de Tierra y de la Armada que hubiesen muerto a consecuencia de las heridas en combate o enfermedad adquirida durante el desarrollo de la campaña de Marruecos. Los funcionarios de todos los estamentos de la Administración civil del Protectorado que prestaron sus servicios a partir del 27 de febrero de 1913, fecha en la cual quedaron constituidos los primeros organismos del mismo y que a su vez hubiesen contribuido a la labor de la pacificación.

Fueron agraciados con esta condecoración los diplomáticos, cónsules y demás personal de los consulados españoles establecidos en la zona de Tánger y en la Zona francesa de su Protectorado en Marruecos, que intervinieron en las negociaciones políticas conducentes al logro de la paz, los médicos, hermanas religiosas y damas de la Cruz Roja y enfermeras que hubiesen prestado sus servicios en los hospitales de Marruecos. La concesión incluía también al personal de la Marina Mercante que hubiese realizados diversos trabajos en relación con la campaña como el transporte de tropas y bagajes así como el de la evacuación de los heridos, el personal civil que con cualquier fin haya seguido al Ejército de operaciones en diversos campamentos y posiciones o prestado servicios de asistencia a las tropas.

Por último se destaca con derecho a solicitar la medalla la colonia española en Tánger por su actuación en las fiestas de conmemoración de la paz y por el apoyo prestado en el viaje de los Reyes a Marruecos y en agradecimiento también se le entregaría al personal del Ejército, de la Marina y funcionarios del Protectorado de Francia en Marruecos que a partir de julio de 1925 hubiesen tomado parte en las operaciones realizadas en el frente norte para obtener la paz.

La Medalla de la Paz será ovalada de color hierro acerado (plateado), de treinta y siete milímetros de altura por treinta y tres de anchura con el campo liso y extremos rebordeados por orla de ramas de olivo, que se unen en la parte superior mediante una cinta formando una corona. En anverso y en relieve, un sol naciente que proyecta sus rayos sobre un poblado marroquí con las cifras “1909-1927”. En la parte superior, la palabra “Paz” y en la inferior, una luna creciente con la inscripción “Marruecos”. En reverso, orlado también de corona de ramas de olivo, la leyenda: “España siempre dispuesta a toda empresa de civilización universal contribuyó a la de Marruecos con la sangre preciada de sus hijos y con el oro de sus arcas. El triunfo de sus armas y la cultura de sus métodos son los cimientos de esta gran obra de humanidad”. Sobre el borde superior y solidaria con la medalla, una paloma con las alas extendidas que porta una rama de olivo en el pico, -símbolo de la paz-; articulada sobre ésta, una corona real cerrada, calada, superada de mundo y coronada de cruz con una anilla circular, por la que pasa una cinta de seda en gros de tour con efecto moaré de color blanco con una lista vertical de los colores nacionales y filetes de color verde próximos a cada costado, unida por su parte superior a una hebilla-prendedor de latón dorado. Sobre la cinta, una estrella de David de plata formada por dos triángulos equiláteros entrelazados, iguales y superpuestos.

Existen reacuñaciones posteriores efectuadas desde 1940 hasta nuestros días, ya que puede ser ostentada por los descendientes de quienes las obtuvieron.

Campaña de Marruecos

Antecedentes y naturaleza de las Campañas de Marruecos

La posición geográfica de la España peninsular, de las Islas Canarias, de las plazas de soberanía española de Ceuta y Melilla, y de los peñones menores en la costa norteafricana, hacían que Marruecos fuese un área de importancia estratégica para los intereses nacional. Por tal hecho y por la propia dinámica histórica española, el Sultanado era un área de tradicional interés en la política exterior nacional. Muestra de ello fue que, antes del comienzo de las Campañas de Marruecos en 1909, se dieron operaciones militares españolas en la región. En el siglo XIX destacaron la conquista de las Islas Chafarinas en 1848, la Guerra de África de 1859-1860 y la Guerra de Melilla de 1893. El primer acontecimiento fue una respuesta del gobierno de Madrid a lo que se interpretó como expansionismo norteafricano francés: la presión gala desde Argelia sobre Marruecos provocó un movimiento español de imperialismo defensivo contrastado en la toma de las Islas Chafarinas, situadas en la frontera noroccidental entre el Sultanato y la colonia francesa.

La Guerra de África fue un conflicto entre el Majzén y España que formó parte del denominado “colonialismo de prestigio” de la Unión Liberal. Dicho conflicto internacional se saldó con la conquista de Tetuán por las armas españolas y la consiguiente rendición del Sultán. Éste hubo de hacer frente a una cuantiosa reparación de guerra que lastró la economía marroquí y provocó una profunda ola de xenofobia contra los españoles y de rechazo a todo lo europeo. La también denominada Guerra de Tetuán fue un conflicto de corte romántico y de pocos réditos territoriales que se insertó dentro de las dinámicas de presión colonial ejercidas por los poderes occidentales sobre uno de los últimos espacios no repartidos en la Conferencia de Berlín (1884- 1885): Marruecos.

La Guerra de Melilla de 1893 fue un conflicto entre España y las cabilas fronterizas a la plaza de soberanía española. El Majzén no estuvo implicado, al menos directamente, en este choque armado. Esta dislocación de las tribus norteñas con respecto a la autoridad del sultán constituyó un argumento más para la intervención del colonialismo occidental en la zona, especialmente del español. La supuesta incapacidad de la autoridad estatal marroquí para controlar sus propios territorios y para asegurar el bienestar de los europeos que allí vivían fue uno de los elementos discursivos clásicos para justificar la “protección” de Marruecos por poderes occidentales. En el trasfondo de esta pues estaba la cuestión del Blad es Siba –tierra de anarquía- frente al Blad es Majzén –tierra controlada por la autoridad del sultán-. Las Campañas de Marruecos (1909-1927) entroncaron con esa tradición discursiva: España no luchaba contra el Estado de Marruecos, del que era el protector, sino que combatía contra aquellos que se sublevaron a la autoridad del Majzén (Blad es Siba). Por consiguiente, toda la sucesión de campañas militares que jalonaron la conquista y “pacificación” española del Protectorado estaban, en principio, amparadas por la autoridad del sultán. Incluso en el intervalo de tiempo que fue de la Campaña de Melilla de 1909 a la instauración legal del Protectorado hispano-francés en Marruecos en 1912, se actuó contra cabilas rebeldes y no contra el sultán.

La información transcrita de los encuentros del 12 y del 19 de noviembre de 1909 entre el general Marina y los representantes de las cabilas de Guelaya, que habían combatido contra los españoles, son claras en torno a lo dicho: “España no tiene nada con el Majzén y de la misma manera que ellos [tribus de Guelaya] no le pidieron permiso para hacer la guerra a España, ahora tampoco tiene que intervenir para la paz”.

Los cabileños pretendían negociar la paz a través del representante del Majzén, el Bachir. El general Marina se negó en redondo por partir de la base de no implicar a Marruecos en la guerra. Este interesante caso muestra la insistencia de los españoles en afirmar la independencia de actuación de Guelaya con respecto del Sultán.

Con la guerra en el campo exterior de Melilla en 1909 se iniciaron las Campañas de Marruecos, que finalizaron en 1927 con la pacificación del Protectorado bajo el mando del general Sanjurjo. Los 18 años que abarcaron tales contiendas no fueron un continuo bélico. La penetración colonial española se caracterizó por la intermitencia de la actividad militar en el Marruecos bajo su protección, mayor o menor en función de la situación internacional, los cambios gubernamentales en Madrid, la disponibilidad de recursos para el sector de ejército español que servía en África, las actuaciones de Francia en su Protectorado y las propias dinámicas de los indígenas del Protectorado. A continuación se van a describir los principales periodos en los que se pueden dividir las Campañas de Marruecos.

Como ya hemos señalado, en 1909 tuvo lugar la Campaña de Melilla, provocada por el asesinato de 6 trabajadores españoles del ferrocarril minero el 9 de junio a manos de cabileños de

Guelaya. El ataque a intereses españoles fue consecuencia más o menos directa de la “anarquía” subsiguiente a la desaparición de El Rogui, pretendiente al trono de Marruecos y de facto “Sultán de las Montañas” norteñas3. Un ejército expedicionario español llevado al teatro de operaciones tomó el 24 de septiembre el Monte Gurugú (altura estratégica en las cercanías de Melilla), hecho que constituyó un punto de orgullo patriótico tras la derrota del Barranco del Lobo.

Entre 1911 y 1912 se dio, en la zona oriental de lo que sería el Protectorado, la Campaña del Kert. Se trató de combates originados por los avances españoles para ocupar el territorio a la ribera este del río Kert. En su curso destacó la resistencia del caudillo islámico Mizzián, quien desató una Yihad defensiva contra los cristianos invasores del Dar-al-Islam, que terminó con la muerte de tal personaje a manos de las fuerzas regulares indígenas al servicio de España.

En 1913 en el campo de Tetuán, tras la entrada pacífica de fuerzas españolas en tal plaza, comenzaron una serie de importantes operaciones militares que pueden denominarse como Campaña de Yebala. El pactismo con el santón-caudillo “moro” El Raisuni marcó el signo de este ciclo de avances españoles, en los que no se conquistó el estratégico paso de El Fondak -nudo de comunicaciones entre Ceuta, Tánger y Tetuán- por los acuerdos con el jefe marroquí antes aludido.

Con el estallido de la I Guerra Mundial, Madrid trató de extender la más estricta neutralidad en el Protectorado y prohibió al Alto Comisario, Gómez Jordana, todo tipo de actuación militar de envergadura que pudiera hacer desconfiar a los franceses. Fue el inicio de un periodo de operaciones “políticas” que llegó a su fin en 1919 con el final de la Gran Guerra y con el nombramiento de Dámaso Berenguer como Alto Comisario en sustitución del fallecido Gómez Jordana.

En 1919 comenzó, de la mano de Berenguer, un nuevo ciclo expansivo de España en Marruecos, con avances militares en las zonas oriental y occidental del Protectorado. En ésta última zona, en 1920 se tomó la ciudad santa de Xauen, hecho que constituyó uno de los hitos de la colonización. En la otra Comandancia, en la de Melilla, Fernández Silvestre llevó sus tropas más allá de la línea del Kert. En julio de 1921, tras un avance considerable de las posiciones españolas

en oriente y en occidente, Berenguer se preparaba para tomar Tazarut, bastión de Raisuni, lo que habría significado dar un golpe decisivo a la “rebeldía” de la Comandancia de Ceuta. Pero la estrepitosa caída de las posiciones españolas en el frente avanzado de la Comandancia de Melilla truncó la posibilidad de conquistar de lo que restaba del Protectorado. Entre el 22 de julio y el 9 de agosto de 1921 acaeció el desastre de Annual; es decir, el desmoronamiento de las líneas militares españolas en la Comandancia de Melilla. Ante lo que era toda una debacle, Berenguer tuvo que enviar a buena parte de sus fuerzas y recursos a Melilla, plaza que se encontraba amenazada por el alzamiento rebelde.

Annual marcó el comienzo la Guerra del Rif (1921-1927), el conflicto último y el de mayor envergadura de todas las Campañas de Marruecos. Se caracterizó por el uso de armas modernas por ambos bandos y porque España contó con el apoyo de los franceses a partir de 1924. El ataque del líder rifeño Abd el Krim a las líneas galas del Valle del Uarga provocó el acercamiento entre España y Francia, estableciéndose un pacto de colaboración militar que tuvo su culmen en el desembarco de Alhucemas (1925). Esta cooperación franco-española fue excepcional en un contexto tradicional de desconfianza y enemistad entre potencias coloniales rivales.

El escenario de guerra

El tipo de guerra que se realizó en el protectorado estuvo muy determinada por el escenario en el que tuvo lugar, marcado por aspectos políticos (rivalidad con Francia) y físicos (orografía, climatología, vegetación, hidrografía…).

La situación de rivalidad colonial entre España y Francia en Marruecos con anterioridad a 1924, había facilitado la proliferación de contrabandistas y espías que vendían armas e información a los respectivos enemigos de los países colonizadores. La porosidad de las fronteras de la Zona española y la Zona francesa complicó, aún más, las operaciones militares. En el caso español, el ejército hubo de enfrentarse, además de con una frontera permeable, con una abrupta orografía, la inexistencia de infraestructuras viales, un clima desértico y de alta montaña en amplias franjas territoriales, cursos hidrográficos intermitentes y, en general, escasos (aridez general y escasez de fuentes de agua potables), la inexistencia de una autoridad estatal centralizadora, la dispersión de la población, la ausencia de planos cartográficos, la experiencia bélica de los nativos (guerra de guerrillas), que la habían obtenido en enfrentamientos entre las propias tribus, y de éstas contra el Sultán o contra las potencias coloniales…

Los rasgos físicos del territorio de la Zona española contribuyeron a hacer muy difícil el control militar del Protectorado y a un determinado tipo de dinámica bélica. Era una pequeña franja de terreno de unos 26.000 kilómetros cuadrados que se extendía por un conjunto de escarpados sistemas montañosos (Yebala, Gomara y Rif). Su situación geográfica coincidía con la costa mediterránea marroquí, desde las Islas Chafarinas en oriente al Océano Atlántico en occidente. Este espacio de dominio español había sido limitado en la esquina noroccidental del mismo por la zona internacional de Tánger, que constituía la verdadera llave meridional del Estrecho de Gibraltar y que fue enajenada de la autoridad española por los intereses británicos.

En términos orográficos, el territorio asignado a España presentaba una enorme complejidad para su conquista y dominio efectivo. El general Vico lo describió en los siguientes términos: “Nuestra zona de Marruecos es uno de los macizos de sierras más extensos y más abruptos que se presentan en la tierra […] La fragosidad del terreno (…) achica el espíritu de los que se enredan en [este] país de montaña”.

En el mismo sentido, en 1926, el general en jefe de las tropas españolas en Marruecos, José Sanjurjo, describía al general Primo de Rivera “la excursión hecha [sic] por tierra desde Tetuán a Melilla” en los siguientes términos: “El viaje a resultado muy interesante pero extremadamente duro por las dificultades del terreno, muy montañoso y con senderos rudimentarios propios de cabras en los cuales se han despeñado varios caballos de la escolta”.

El terreno quebrado del Marruecos español propició una eficaz resistencia indígena en las montañas. Según el informe Factores del Problema de 1909, “…la superioridad de los medios, la disciplina y la unidad del mando” de las fuerzas españolas quedaba mermada por el entorno físico, ideal para la guerra de guerrilla. El escenario geográfico en el que hubieron de operar las tropas expedicionarias españoles era, pues, el mejor aliado de los “rebeldes” y el peor enemigo del ejército colonizador. La guerrilla nativa imposibilitaba la aplicación de la teoría militar de la guerra regular en el escenario colonial.

El problema iba más allá de la dureza orográfica del paisaje marroquí: el desconocimiento geográfico del escenario fue otro inconveniente para unas fuerzas metropolitanas que, ante la falta de mapas topográficos, avanzaban a ciegas. Muchas de los contratiempos militares españoles en el Protectorado se debieron a que las unidades de combate hubieron de operar sin información previa del terreno donde se internaban. El citado caso del Barranco del Lobo (1909) fue paradigmático. El Alto Comisario Berenguer, en el contexto de la Guerra del Rif, hizo referencia a este factor con las siguientes palabras: “No hay que olvidar que todo este terreno, inexplorado, jamás recorrido por viajeros ni exploradores de nuestra civilización”.

Otro elemento que empeoró el panorama con vistas a la “pacificación” y que vino a agravar la situación provocada por la ausencia de informaciones topográficas, fue la inexistencia de una red de comunicaciones que pudiera considerarse como tal. Un informe de 1925 sobre el Marruecos septentrional decía: “No hay caminos ni siquiera buenas comunicaciones naturales, longitudinales ni transversales”. Precarios caminos de tierra unían las cabilas, lo que ralentizaba los movimientos de las tropas españolas. Cuando las condiciones meteorológicas eran adversas, por excesiva aridez o por excesivas precipitaciones, la red viaria provocaba muchos problemas mayores para los desplazamientos de las fuerzas españolas. En los secos periodos estivales, el tránsito de soldados, animales y vehículos producía una nube de polvo procedente de las partículas de tierra del camino que asfixiaba a hombres y bestias. En la estación húmeda, las abundantes precipitaciones convertían las vías de comunicación en una trampa de barro y fango, que atrapaba las ruedas de los carros y los vehículos. Además, la pendiente de muchos de los caminos, en particular en las regiones más montañosas, hacía imposible el uso de vehículos mecanizados: la mula era el único elemento de carga viable en aquel medio pero, incluso, este “todoterreno” de la naturaleza encontraba en ciertas vías enormes dificultades para su desplazamiento. Cualquier tipo de movimiento de tropas exigía un enorme esfuerzo, el aprovisionamiento de posiciones avanzadas e incluso de grandes campamentos no era nada fácil y a la postre los convoyes españoles constituían un blanco fácil para la guerrilla indígena.

Otro inconveniente para las fuerzas colonizadoras fue la imposibilidad de proveerse de víveres en el mismo campo de operaciones por la escasez de recursos de la región, que obligaba a suministrar viandas desde Ceuta, Melilla, Tetuán, Larache o alguna otra posición española de importancia. Este indispensable tránsito de pertrechos por tierra era penoso y peligroso.

A la complejidad física y a la ausencia de vías de penetración, se sumó la dureza climatológica y la falta de recursos hídricos estables, que además eran de difícil acceso. Las condiciones climáticas hicieron que la guerra en el Protectorado tuviera un importante componente estacional, puesto que muchas zonas de montaña eran intransitables en la época de temporales y nevadas, además de la ya mencionada imposibilidad de transitar por caminos embarrados. El clima regional estaba dominado por una amplitud térmica que provocaba considerables contrastes de temperatura diaria y mensual (medias de 10o C de oscilación entre la noche y el día). Se trataba de un clima mediterráneo que pasaba de su versión marítima en las zonas más benignas de la costa, muy limitadas, a la seca en gran parte del interior. El clima semiárido hacía acto de presencia en las zonas de transición a los desiertos, no demasiado abundantes en el área. Destacaba más la presencia del clima de alta montaña, influido por su ascendente mediterráneo en las zonas de monte de moderada altitud. En general, la climatología regional se caracterizaba por presentar dos estaciones muy marcadas, la seca coincidente con el verano y la húmeda con el invierno. El periodo estival, seco y caluroso, daba paso a una temporada invernal fría y con precipitaciones moderadas que eran pluvio-nivales en altura. Frecuentemente se agrupaban en ciclos torrenciales. Las condiciones climáticas fueron motivo de queja constante por parte de aquellos que hubieron de servir en Marruecos. El general Goded hizo una descripción completa de lo que se acaba de decir. Este militar puso a la misma altura al clima y a los “rebeldes” en una escala de dificultades para la “penetración”. En su opinión, los soldados españoles tenían que luchar “contra el enemigo y contra el clima, con los calores abrasadores del verano africano, con las lluvias torrenciales del invierno, con los devastadores temporales de viento y nieves”. Un ejemplo de la peligrosidad de los citados “temporales de viento y nieve” fue el ciclo tormentoso en la región de los Beni-Aros del otoño de 1927, que ha quedado reflejado en multitud de documentos de archivo puesto que provocó la incomunicación de numerosas de posiciones españolas en la zona y causó abundantes muertos por avalanchas y congelaciones. En un telegrama enviado a Madrid desde el Protectorado, el 13 de octubre de 1927, cuando todavía estaba empezando el fenómeno climatológico, se decía: “tremendo temporal se ha desencadenado sobre esta zona (…) el temporal es durísimo de frío y nieve que sigue cayendo sin interrupción cortando por completo toda comunicación con las columnas y toda posibilidad de enviarles socorro”. Se apuntaba asimismo la posibilidad de abandonar posiciones de montaña donde el frío se hiciese insoportable. También se hablaba de unidades de combate perdidas de sus respectivas columnas y con las que no se tenía ningún tipo de comunicación así como de infraestructuras seriamente dañadas (hangares destruidos, embarcaderos arrasados por la fuerza del mar que acompañó al temporal de nieve, aviones averiados, barcos hundidos en puerto…).

La resistencia indígena

Un elemento definitorio de la resistencia armada indígena fue su carácter rural y guerrillero. El control español de las principales ciudades no supuso un dominio real del territori. Por lo tanto, la guerra en el campo, especialmente en zonas de montaña, fue la nota dominante. La población “urbana” ocupaba una parte no significativa de la población, cuya cifra absoluta para la zona española rondaría el medio millón de personas. Siendo la densidad de población bastante baja -estaría entre los 20 y 25 habitantes por kilómetro cuadrado-, lo más significativo es que el reparto poblacional era muy desigual entre las 66 kabilas que conformaban el Protectorado español.

La resistencia nativa a la que el ejército español se hubo de enfrentar puede dividirse en tres categorías atendiendo a la motivación, que se traducía en una determinada praxis militar. Cabe en ese sentido diferenciar a bandoleros, muyahidines y “soldados regulares”, que aquí se presentan como categorías diferenciadas por el interés explicativo de este apartado sin dejar de tener en cuenta que bandolerismo, yihadismo y nacionalismo rifeño fueron realidades que se dieron juntas en proporciones diversas en cada momento.

La primera de las manifestaciones de resistencia anticolonial fue la derivada de una actividad tradicional complementaria de la economía tribal del norte de Marruecos: el “bandolerismo”. En los informes militares españolas aparece tal término para referirse a actividades de pillaje llevadas a cabo por los “moros”. Las condiciones geomorfológicas y climáticas de la región limitaban, en cuanto a recursos disponibles, su potencialidad para sostener a la población. Por ello fue recurrente la marcha estacional para trabajar en el campo en zonas limítrofes con más posibilidades agrícolas. En el mismo sentido funcionaron la “piratería” y el “bandolerismo” – razzia-, otras actividades complementarias en términos económicos.

El funcionamiento de un grupo de razzia estaba delimitado temporalmente. El periodo de trabajo en el campo marcaba el calendario anual de los “bandoleros”. Igualmente, el desarrollo de la actividad bélica, del tipo que fuera, se realizaba después de la siembra y se abandonaba a la hora de recoger la cosecha. La bonanza o estrechez de la cosecha marcaba la duración de la estancia en el frente o en una razzia. Los integrantes del grupo de combate eran los miembros varones de la comunidad desde la adolescencia hasta la vejez. Estas agrupaciones de combatientes se denominaban harkas y su estabilidad era más que limitada: generalmente estaban formadas para una acción concreta e iban armados como infantería ligera. Los españoles se solían referir a los bereberes de la zona española como excelentes infantes pero no ocurría lo mismo a la hora de valorar su pericia a caballo, hablando irónicamente de una “infantería montada”. Es decir, el uso de la caballería para el desplazamiento rápido pero la preferencia del combate a pie.

España y Francia eran dos potencias europeas que, desde el punto de vista del “bandolero”, representaban una posibilidad de lucro inmensa. Los modernos fusiles, los correajes y municiones o los animales de tiro y monta constituían verdaderas fortunas para quien consiguiera hacerse con ellos. Debido a esto, la primera resistencia que los españoles se encontraron la región fue la muy desarticulada de las partidas de combatientes irregulares nativos con fines económicos. Su tipo de actuación fue muy errática y se plasmó en emboscadas o ataques a las zonas de penetración occidental más expuestas: fue muy común el saqueo de tribus aliadas de las metrópolis colonizadoras. Su actividad no tuvo una gran importancia estratégica, pero marcó muchos de los condicionantes tácticos de las fuerzas españolas en la zona: “Desperdigados por las alturas, presentan un frente sumamente extenso y muy difícil de envolver, (…). Si ven que nuestro movimiento nos ha dado buen resultado, echan a correr cada hombre por su lado sin combatir […] y el botín es el verdadero objetivo que su codicia les hace ver en el combate”.

La segunda de las formas de resistencia fue la fundamentada en la religión. Ésta se articuló a través de la declaración del Yihad, en este caso defensivo, o por medio de la resistencia de una tariqa o de un “santón” destacado. Muchas veces se unieron ambas variantes de la lucha en nombre de la religión. Lo más interesante de éste tipo de combate fue que se desarrolló instrumentalizando toda una mitología popular de odio al cristiano, el “rumi”. El enemigo a batir no era tanto el español como el “infiel”. Ésta distinción fue importante porque legitimó la resistencia armada contra todo cristiano, tanto español como francés.

Lo definitorio de la resistencia discursivamente justificada por la religión fue el papel protagonista de los “santones”, elementos de prestigio capaces de aglutinar la lucha contra los poderes coloniales. El encabezamiento de una revuelta por un “líder religioso” la proveía de un importante halo de legitimidad y ampliaba su radio de acción a las tribus donde esa familia morabítica tuviese predicamento.

Las acciones de resistencia anticristianas tuvieron un mayor peso militar que el “bandolerismo”. La estabilidad temporal de la agrupación de “combatientes de la fe” fue mayor, así como también lo fue la cantidad de miembros de la misma. La ayuda material por parte de las tariqas era un elemento estabilizador.

La tercera forma de resistencia frente a los poderes europeos fue el “nacionalismo rifeño”, cuyo máximo exponente fue Abd-el-Krim el Jatabi. Este caudillo era un buen conocedor de la política colonial metropolitana en la zona, a cuyo servicio había estado. Igualmente, su padre disfrutó de una pensión pagada por el gobierno de Madrid y su hermano estudió en la Península. Por tanto, se le puede considerar como integrante de la élite nativa del Protectorado; que sirvió a los fines de la potencia colonizadora y disfrutó de sus beneficios. Sus conocimientos del sistema colonial español y de las ideas europeas quedan, pues, fuera de duda.

El discurso independentista rifeño fue realmente complejo, pues enlazaba una clave nacionalista-estatal seguidora de los cánones políticos occidentales, y una clave “islamista”. El líder rifeño se presentó ante la sociedad internacional y ante las potencias occidentales como el caudillo de un Estado moderno a la manera europea, limitando su mensaje religioso al mínimo. Por el contrario, cuando se trataba de comunicaciones desarrolladas dentro de la “comunidad de creyentes”, Abd el Krim articuló todos los referentes islámicos posibles, adjudicándose, de forma creciente, todas las atribuciones religiosas del Sultán de Marruecos, al que presentó como un mal musulmán ya que estaba bajo el yugo de los poderes occidentales. En una carta enviada a El Raisuni, Abd el Krim negó la posibilidad de someterse al Majzén “al no existir (…) un Majzén musulmán solvente capaz de garantizar derechos de los indígenas” y anunció “la hora de los buenos musulmanes amantes [de la] independencia [,] [la] religión y [la] patria”. Este discurso había sido usado de forma reiterada desde comienzos de siglo para justificar las luchas civiles entre pretendientes al trono marroquí. La referencia a los “buenos musulmanes”, significaba que existían musulmanes malos, es decir, aquellos que estaban al servicio de las potencias coloniales.

La señalada dualidad discursiva ha planteado a los historiadores un serio problema a la hora de definir la naturaleza del movimiento rifeño. Atendiendo a su aspecto militar, indiscutiblemente hay que situarlo en clave nacionalista-estatal. Abd-el-Krim conformó un ejército rifeño imitando la organización militar colonial española y francesa. Es decir, tomó el modelo de los ejércitos nacionales. Las fuerzas rifeñas conocieron una jefatura unificada e indiscutible, un cuadro de mandos estables y profesionalizados, una división de las fuerzas por “Armas” (artillería, caballería e infantería), una élite de combatientes “profesionales” –tropas de choque- y la articulación de planteamientos logísticos y de intendencia. Se dieron pues grandes pasos en la modernización de las fuerzas resistentes a los poderes coloniales. Incluso hubo una cierta uniformidad de las tropas regulares, “cuyas prendas reglamentarias consisten en dos camisas, dos yilabas y chachía con

emblema”. A todo este sistema militar se le unieron tropas irregulares, harkas, que fueron mantenidas por las tribus de pertenencia y sirvieron como auxiliares de las fuerzas regulares.

A pesar de la importancia de la organización militar rifeña, su peso cuantitativo fue limitado. Los recursos materiales fueron escasos. La novedosa organización militar nativa se sustentó sobre la tribu de los Beni Urriagel, una de las más importantes de la región.

La estructura castrense norteafricana fue deudora de los combatientes nativos de la I Guerra Mundial y de los desertores/licenciados de las tropas coloniales indígenas francesas y españolas, que tenían entrenamiento militar occidental y vertebraron el ejército rifeño. La evidencia del cambio en la organización de la resistencia anticolonial se apreciaba en las formas de guerra, tanto a nivel estratégico (coordinación de ofensivas en flancos diversos, maniobras de distracción, repliegues….), como a nivel táctico, donde fue especialmente relevante la práctica de combate defensivo con la construcción de trincheras y fortificaciones, a la manera de la Gran Guerra. La posesión de una gran cantidad de material bélico moderno (ametralladoras, alambre de espino, cañones, granadas, dinamita, fusiles de retrocarga…) que fue capturado a los españoles y a los franceses a lo largo de la Guerra del Rif, posibilitó el desarrollo de nuevas formas de guerra. El tradicional hostigamiento guerrillero de pequeñas partidas de combatientes aislados, en permanente movimiento, se combinó con la defensa enconada de posiciones consideradas como estratégicas y con el bloqueo/sitio de las fortificaciones e, incluso, de campamentos hispano/franceses.

Las fuerzas armadas rifeñas presionaron las líneas españolas tan eficazmente que, en 1924, éstas tuvieron que ser replegadas en su flanco occidental. Un poder indígena hacía recular a una potencia europea. Las capacidades colonizadoras de España fueron entonces puestas en duda en todos los medios occidentales hasta la ofensiva rifeña sobre el flanco norte francés y el desastre militar que los galos vivieron en el Valle de Uarga. El ejército rifeño estaba presentando batalla a dos países europeos al mismo tiempo y les mantenía a la defensiva al menos durante unos meses. El consiguiente pacto de cooperación militar franco-español acabó con la “rebelión” en el norte de Marruecos, con el primer foco independentista en la región y con uno de los más tempranos ejércitos del mundo musulmán.

Conclusión

A lo largo de este texto hemos descubierto algunas de las claves que señalan las dificultades encontradas por el ejército español en el escenario colonial a “proteger”. Un territorio que no reportó riquezas ni beneficios a una potencia de segundo o tercer orden en el plano internacional, como era la España del periodo, y por el cual se derramó abundante sangre y recursos.

La frustración española ante el exiguo y pobre territorio a colonizar, unido a las dinámicas de una guerra asimétrica desarrollada entre un poder militar occidental y una resistencia armada tribal, hizo que el conflicto arrastrara a ambas partes en liza a una espiral de violencia. Ambos bandos utilizaron todos los recursos y procedimientos disponibles para salir victoriosos de una guerra crecientemente cruel: desde las motivaciones para el combate –plano discursivo-, hasta los ingenios bélicos -plano material-.

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