La verdadera importancia del Molinete como colina

Sentado frente a mi teclado, mientras escribo para algunos amigos de grupos festeros, se me viene a la cabeza la problemática que ha surgido con el anuncio de venta de parcelas en la calle Morería y volviendo la vista atrás, hacia el 227 adC, recuerdo por los libros que hace ya 2247 años, los de Carthago no estaban en su mejor momento. Habían vuelto a nuestra península para lamerse las heridas de la primera guerra púnica, y a pesar de ser una civilización marítima, no adivinaron las posibilidades de una pequeña población litoral junto a un Istmo.

A pesar de navegar por delante de ella, la isla de escombreras y la propia orografía de la de ciudad, impedía ver la magnífica ubicación geográfica para construir una ciudad en nuestra actual Cartagena.

No fue hasta unos años más tarde, y a través de un duro varapalo en el que perdieron a su líder Amilkar, cuando a través del interior, Asdrúbal conoció el suelo donde se asentaría nuestra ciudad.

Según algunos arqueólogos, Mastia estaba ubicada en la actual Santa Lucía, otros hablan directamente del Istmo, no lo sabemos. Lo que sí es seguro y ya lo demuestran las propias crónicas romanas, es que Asdrúbal vio muy pronto el potencial de esa isla unida a la península por una exigua lengua de tierra.

Lo que está claro es que los ingenieros Carthagineses construyeron una formidable fortificación donde se combinaban los lienzos de muralla helenística con baluartes coronados por pequeñas ciudadelas en los cinco cerros de la futura Cartha-Hadast.

Nos encontramos, por tanto, en un caso único en nuestra piel de toro donde se combina la orografía natural con la arquitectura militar en una verdadera trama urbana. Un ejemplo muy poco frecuente donde en más de 2.000 años la nueva ciudad ha crecido sobre la original, mientras que en la mayor parte de los yacimientos españoles encontramos ciudades aisladas en el campo, donde es fácil excavar y con poblaciones modernas a unos kilómetros de distancia en los mejores casos.

En el caso de Cartagena, la ciudad no se ha movido de su emplazamiento original y esas cinco colinas han sido protagonistas directas de la historia de su pueblo.

Como bien dice Polibio, Asdrúbal edificó un palacio en un cerro que él llama Arx Asdrúbalis, el actual molinete, que estudios como el más moderno de Iván Negueruela sitúa en la zona más cercana al puerto original (desde la actual morería en pendientes aterrazadas hacia los tramos superiores) o el del profesor Antonio Beltrán que lo sitúa en lo más alto del cerro y que posteriormente fue templo romano.

En la época medieval la ciudad se replegó sobre sí misma, abandonando el mar y quedándose en el siglo XV con unas exiguas 500 “almas” asentadas en el entorno del Molinete. Circunstancia que se prolonga hasta tiempos del emperador Carlos I, bajo cuyo reinado se edifica una efímera muralla “la del Deán”, sobre los restos púnicos, que tantos años de servicio habían prestado.

Posteriormente y hasta la época de Carlos III que la ciudad vuelve a crecer hasta la orilla del mar, la vida cartagenera se ciñe a la colina del molinete.

El devenir de los años ha llevado a la edición de libros y realidades sobre una colina que ha pasado de ser la zona más señorial a un verdadero “barrio chino”, en la actualidad un parque arqueológico que nada tendría que envidiar al Foro Romano, salvando el peso que allí tiene el arco de Constantino, el Coliseo o la columna de Trajano

Sin embargo, fruto de la dejadez, incapacidad o falta de miras de los gobernantes de nuestra ciudad, esta verdadera joya arqueológica solo se ha puesto en valor por las iniciativas de paladinas como Blanca Roldán o la presión popular, que han contribuido a la puesta en escena de un parque arqueológico que en la actualidad no es nada, en comparación con lo que podría ser.

Y es que en cuanto el ciudadano de a pie se descuida, las autoridades municipales apuestan por enterrar estos baluartes naturales bajo edificaciones modernas de ladrillo y hormigón que ocultarán la verdadera importancia de la zona.

Y sí, lo importante no es que una excavación saque  a la luz un yacimiento más o menos antiguo en la morería. No. El monte en sí es un elemento patrimonial de la ciudad, un Bien de Interés Cultural, un baluarte natural que ha pasado de ser fortaleza a ser la propia ciudad, como más arriba comentaba, en el siglo XV solo esa zona “era Cartagena”, quizás la parte de nuestra patria chica que nunca ha dejado de ser Ciudad, una zona digna de poner en valor no con construcciones, sino como centro de interpretación, parque de esparcimiento lúdico y cultural, zona verde…, cualquier cosa menos ocultarla a las generaciones venideras como la aberración que tenemos en el monte Sacro y cuya estructura de hormigón no es ni vivienda ni ocio, solo una estructura de hormigón abandonada que choca de frente con la cacareada propuesta de ciudad patrimonio de la humanidad.

Y es que tanta hipocresía abruma, ¿De verdad que los mismos que proclamaban a los cuatro vientos esa declaración de Cartagena como ciudad patrimonio de la humanidad son los que quieren enterrar entre ladrillos nuestra colina más emblemática e histórica?, Realmente dudo de que se pretendiera la citada declaración más allá de una torpe promesa electoral, no me lo puedo creer.

Desde esta ventana espero poner mi grano de arena para conservar esta zona que de por sí es patrimonio natural de la ciudad. Debemos tener en cuenta que el impacto del hormigón y el ladrillo no tiene marcha atrás a medio plazo, pudiendo destruir irremediablemente vestigios que pertenecen a todos los Cartageneros, pasados, presentes y futuros. 

En la ciudad tenemos grandes zonas necesitadas de una urbanización digna, no hace falta ir muy lejos, la vecina calle San Fernando ofrece múltiples solares donde construir y regenerar la zona antes que gastar el tiempo y el dinero en un entorno donde nadie, salvo los que más beneficiados económicamente saldrían, quiere que se edifique.

Todo el molinete es patrimonio cartagenero, desde el conjunto más importante de ruinas descubiertas, hasta las que están por descubrir, pasando por la propia estructura natural del cerro.

No señores, no, el Molinete no se vende.

Joaquin Alfonso Moya de la Torre y Cerón

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