La clase política actual es la verdadera pandemia

Hay que hacer un gran esfuerzo para creer lo que se ve y se escucha en estas últimas semanas. Ante una pandemia especialmente agresiva, expansiva y mortal, la clase política muestra su peor cara, su mayor miseria.

Cuando necesitamos que estén a la altura, que dejen sus basuras partidistas y respeten al pueblo, que es su razón de ser, los políticos se enzarzan en una guerra sin cuartel para sacar tajada de la desgracia colectiva, de la muerte de miles de compatriotas.

Ni una muesca de remordimiento, pero abundantes y diarios vómitos de odio y mentiras.

Es lo que merecemos, dicho sea de paso, porque no hemos sabido ponerlos en su sitio antes, cuando debimos hacerlo. Unos y otros justifican siempre a «los suyos», porque los otros siempre son demonios que quieren destruir España. No se dan cuenta que España ya no existe, porque nadie la defiende, porque nadie la respeta, porque nadie cuida de ella. Es como un cadáver que se pudre al sol, rodeada de buitres que le arrancan trozos de carne mientras se pelean por el mejor pedazo de carroña. Ya digo, unos perfectos miserables.

Mientras tanto callamos ante la basura que sale de sus bocas, eso en el mejor de los casos, porque en el peor les justificamos, les damos la razón aunque la corrupción los embadurne de mierda hasta el alma, aunque tengan chalés y yates pagados con el sudor de millones de obreros, de gente sencilla y trabajadora. Inundamos las redes sociales (ciénagas sociales diría yo) linchando al primero que hable, contagiados del odio que nos regalan los políticos, a los que damos la razón aunque se opongan a lo razonable y con ello pongan en peligro nuestras vidas. Aunque desmantelen los servicios públicos, la sanidad, la educación, el medio ambiente. Les damos la razón porque nos queremos convencer a nosotros mismos que los otros son peores.

Ya saben «cada uno va a lo suyo, menos yo que voy a lo mío». Así nos va.

Somos estúpidos y los verdaderos culpables de que dirijan nuestro destino desde el desprecio. Los pusimos ahí para cumplir con su obligación, libremente adquirida, para cuidar de lo público, lo de todos. Si lo hacen bien, habrán hecho lo que deben; si lo hacen mal o regular, deberemos poner a otros sin dudar.

Deja de defenderles como si fueran amigos tuyos, porque no lo son, no te engañes.

mayo 2020
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