El placer de desengancharse de las redes sociales

En este momento te puede parecer imposible, porque pensarás que sin las redes sociales no se puede vivir, que la vida estaría incompleta sin saber en qué momento exacto tu primo o amigo se come una pizza, o se tumba en una hamaca de la playa. Y qué decir de esos videos de gatitos o de bebés carcajeándose cada vez que su papá hace una pedorreta. Imperdibles.

Pues te equivocas, de todo se sale… si se quiere.

He vivido en carne propia todo el proceso de «desintoxicación» y el resultado es un placer infinito. No tener que aguantar al odiador de turno opinando sobre cualquier cosa que publiques, es una bendición que recomiendo a todos.

Estando presente en las redes sociales permites a un montón de gente tener acceso a ti, lo que facilita que se acaben metiendo en tu cabeza y te hagan sentir fatal. 

Todo el mundo siente la necesidad de opinar de todo, aunque no tenga ni puñetera idea del asunto, de ofender y atacar bajo un pseudónimo, porque ese es otro rasgo distintivo de las redes sociales, la cobardía.

Las redes sociales, al desplegar una vigilancia constante y manipular el inconsciente de sus usuarios, nos están convirtiendo en personas rencorosas, tristes, asustadizas, poco empáticas, aisladas y triviales. Si quieres una vida más feliz, un mundo más justo y pacífico, o simplemente la oportunidad de pensar por ti mismo sin ser monitoreado e influenciado por las corporaciones más ricas de la historia, lo mejor que puedes hacer es cancelar tus cuentas.

Si quieres evitar pensar que la humanidad no tiene remedio, cierra tus perfiles en redes sociales y empieza a prestar atención a las personas de tu entorno, quizá recuperes la fe en el ser humano… y tiempo libre, mucho tiempo libre.

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