Aníbal y Escipión, la historia de un amor

Da gusto verlos juntos, las miradas que se echan, las cosas tan bonitas que se dicen… enternece y emociona. Cuando los veo juntos me doy cuenta lo equivocado que estaba el historiador Tito Livio. Él nos contó que eran enemigos, pero en estos últimos años de fiestas nosotros hemos descubierto la gran verdad: eran amantes. Y no lo digo por los de este año 2009, que aún no se han estrenado y que espero que no caigan en el mismo error, sino por algunos de los que les precedieron.

Sirva esta sarcástica introducción para sentar las bases de este artículo. Los personajes principales deben tener dos tipos de relaciones bien diferenciadas, una como festeros del siglo XXI, y otra como personajes del siglo III a.C.

Festeros del siglo XXI Aquí son pepito y juanito, vestidos con pantalón vaquero y camiseta. Dos festeros que colaboran estrechamente, construyendo sus personajes para darles más juego, preparando sus intervenciones públicas en común para que sean más dinámicas y provocadoras, en un intento de hacer batallas dialécticas en las que las alusiones históricas sean frecuentes. Se prepara de forma conjunta la réplica y contra-réplica para provocar en las tropas y legiones ese “pique” sano y festero. En la piel de Aníbal y Escipión Retroceden al siglo III a.C., la camiseta se convierte en coraza de cuero y el teléfono móvil en espada. Aquí ya no hay amigos, ni siquiera conocidos. Es la guerra entre dos potencias, que se enfrentan en Cartagena a vida o muerte en un intento desesperado de poseerla… porque Cartagena lo merece. No hay contemplaciones. Al enemigo ni agua. El espectador y el festero de uno u otro bando, espera que los generales sean belicosos, que nos hagan vivir (en clave festera pero con rigor histórico) lo que supuso la Segunda Guerra Púnica. No se trata de liarnos a palos, solo de que lo parezca, el pique sano y divertido al que me refería antes.

El máximo exponente de lo que digo fue el segundo año de fiestas, 1991. Tomás Martínez Pagán era Aníbal, y sabía perfectamente lo que tenía que hacer con un micrófono delante. Daba caña a los romanos sin pestañear, ensalzaba a sus tropas, las arengaba, provocaba a los romanos presentes desafiándoles a combatir en el campo de batalla. Hacía fiesta con cada palabra que pronunciaba. Pero cuando se despojaba del personaje era un festero como el que más, colaborador con los romanos, dispuesto siempre a ayudar. Y todo esto lo sé porque lo viví de cerca, porque yo hice lo mismo, compartí muchas veces micrófono con él, tuve el honor de ser el General Escipión ese mismo año… y tuve el placer de darle caña yo también.


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